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Educadores Familiares

Las familias cambiantes: cambio constante de domicilio o de composición
El Educador Familiar deberá tener claro que, para ejercer eficazmente su función educativa y de cambio en la familia, ha de conocerla suficientemente. Por ello es relevante reconstruir el historial familiar que permita determinar si lo que parece una organización estable no es, en realidad, transitoria. El Educador/a ha de tenerlo claro, y a su vez ha de ayudar a la familia a definir con claridad su estructura organizativa. Si el cambio de contexto atañe al domicilio, la familia queda aislada, y se convierte en el único contexto de apoyo en un mundo cambiante, siendo posible que tenga dificultades para entrar en contacto con el medio extrafamiliar. En consecuencia, se vuelve importantísimo valorar el nivel de competencia tanto de la familia en su conjunto, como la de cada uno de sus miembros. Hablamos de que el sistema familiar forma parte de un contexto más amplio y que, cuando se distorsiona este contexto, la familia también manifiesta distorsiones.
El/la Educador/a Familiar se puede encontrar con dos situaciones: que la familia con la que este trabajando cambie de domicilio, lo que supondrá una nueva valoración de la familia analizando los pormenores de este cambio y traspasando dicha información y función a la persona competente en el lugar que la familia escoja como nueva residencia. El traslado de domicilio no debe alterar el proceso de cambio que se haya iniciado. Si la familia lo utiliza como medio para evitar dicho proceso habrá que considerarlo y valorarlo conjuntamente, tanto la persona que estaba llevando el caso como la que lo llevará a raíz del traslado.
La otra situación es la contraria, es decir, se comienza a trabajar con una familia que ya estaba inserta en el proceso de intervención familiar, en el que habrá que dar los pasos anteriormente mencionados. Por otra parte, nos podemos encontrar con el caso expuesto en el párrafo precedente, en el que habrá que evaluar y considerar dicha situación y cómo la afronta el sistema familiar en su conjunto e individualmente.
Aprovecharemos el posterior abordaje de las «familias con un fantasma» para plantear cuando lo que cambia es la composición familiar.
Familias huéspedes: con niños acogidos
Un niño huésped es aquel que forma parte de una familia temporalmente. La familia acogedora sabe de antemano que el niñ@ al que acoge está sujeto a una temporalidad que depende de muchos factores, el principal es la evolución y mejora de su familia de origen al que se pretende que sea devuelto si las condiciones son favorables para su desarrollo y crecimiento como persona. El/la Educador/a Familiar, en situaciones como esta, se encontrará ante una doble intervención ya que no puede desvincularse totalmente de ningún proceso. En muchas ocasiones la familia acogedora pertenece a la red extensa de la familia de origen del menor y ambas viven en la misma población, con lo cual el/la Educador/ra Familiar ha de valorar las dos situaciones.
¿Cómo vive el/la menor una situación de acogimiento familiar?. El/la Educador/a Familiar tiene como objeto de intervención el sistema familiar en su conjunto, pero ha de poner mayor énfasis y atención en los miembros más pequeños y desprotegidos de dicho sistema. Como habíamos indicado la familia que acoge al menor, aún sabiendo que es algo temporal, se organiza como si no fuera un huésped, y ésto puede traer consigo una potencial dificultad. Si el niñ@ manifiesta alguna conducta problemática o sintomática cuando ingresa en el sistema nuevo, éste funciona como si atravesara una crisis de transición. Por el contrario, si el niñ@ ya está integrado plenamente en la familia y aparecen los síntomas, el nexo se encuentra en la organización familiar y se relaciona con las tensiones que otros miembros de la familia manifiestan de diverso modo.
Ambas posibilidades han de tenerse en cuenta desde la perspectiva de qué es lo mejor para el niñ@ y actuar en consecuencia.
Familias con padrastro o madrastra
Esta configuración familiar se entiende hoy en día como familias reconstituidas, de las que ya hemos hablado con anterioridad. Cuando una persona se integra en una unidad familiar se produce un proceso que puede ser más o menos logrado. Está integración presenta dificultades cuando el nuevo miembro no se entrega a la familia con un compromiso pleno, o cuando la unidad originaria lo mantiene en una posición periférica.
Si el/la Educador/a se encuentra con una familia de este tipo debe considerar que las crisis de adaptación inicial son algo normal y su función será proporcionar la ayuda necesaria para que la familia realice una evolución gradual. Al principio es aconsejable mantener las fronteras funcionales y que ambos cónyuges se relacionen como dos mitades que cooperan para escoger el mejor camino que les configure como un solo organismo.
Familias con un fantasma: muerte, desaparición o abandono de algún
miembro del sistema familiar
La principal característica de aquellas familias que pierden a uno de sus integrantes es la dificultad que presentan para readaptarse a la nueva situación y reorganizarse sin esa persona. Les cuesta reasignar las tareas del miembro que falta, sobre todo si ésta ejercía un papel relevante dentro del sistema. El periodo de adaptación dependerá de la capacidad de cambio de cada miembro y también de no considerar la apropiación de las funciones de la persona ausente como un acto de deslealtad a su memoria. Si estos dos aspectos no se llevan a cabo la familia caerá en un sinsentido y de seguro que la mayoría de los problemas que tengan lo vivirán como consecuencia de un duelo incompleto, que habrá que realizar.
En estos casos el/la Educador/a puede plantearse varias hipótesis respecto a la organización jerárquica, a la puesta en práctica de funciones ejecutivas dentro del subsistema parental y a la proximidad entre miembros de la familia.
Cuando un miembro de la familia muestra serias dificultades para controlarse o para ejercer cierto control sobre los demás, la familia comienza también a presentar síntomas disfuncionales cuyo significado habrá que esclarecer.
Si la familia considera (la familia en su versión del problema siempre indica, claramente o de forma que se sobreentienda, quién es el paciente designado=persona enferma o con problemas; el/la Educador/a, por su parte, tiene que determinar «quién es el que se queja», a diferencia de quién tiene el síntoma) que la persona que altera la convivencia familiar es por ejemplo el hijo pequeño, hay que desconfiar si tiene un cómplice que le facilite o permita descontrolar a toda la familia. En este caso concreto, el hijo sería la punta del iceberg, y no iríamos mal encaminados si supusiéramos que los cónyuges se descalifican mutuamente.
El hijo se sitúa en una situación de poder que es aterrorizante para él y para la familia. El mensaje que el/la Educador/a debe transmitir a los padres ha de sugerir una nueva reorganización familiar donde los padres cooperen conjuntamente y el niñ@ sea colocado en el lugar que le corresponde. La creación de una jerarquía clara, donde los progenitores tengan el control del subsistema ejecutivo, requiere el apoyo y el refuerzo del profesional que guíe a ambos padres en el ejercicio de su función, de esta forma se influirá sobre el holón parental en su totalidad.
En familias con adolescentes es posible que las dificultades de control estén asociadas a la incapacidad de los padres para saltar del estadio de padres solícitos de niños pequeños al de padres respetuosos de adolescentes. El Educador/a debe hacer llegar a los padres que las pautas educativas que seguían cuando el niñ@ era pequeño estorban el desarrollo de la configuración nueva del chico adolescente. Normalmente los jóvenes se adaptan bien a los cambios que les impone su desarrollo, y por el contrario los padres no han elaborado aún alternativas nuevas para el estadio de vida en que ellos mismos se encuentran.
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